Sinopsis:
En su segundo largometraje como director, Jaime Osorio Gómez insiste en algunos de los temas que ya estaban presentes en Confesión a Laura, su afortunada ópera prima: la contradictoria intimidad de una relación de pareja que, al mismo tiempo que brinda seguridad y cobijo, mina lentamente con su rutina el carácter de las personas, su capacidad de asombro y de respuesta frente al mundo. En la pareja de Sin Amparo, como en la de Confesión a Laura, hay un detonante externo que precipita la crisis: una tercera persona que representa exactamente lo opuesto al cerrado círculo familiar.
Amparo Amaya de Castillo ha muerto y su esposo Rodrigo malvive el duelo. ¿Quién le pone flores frescas a la tumba de mi esposa?, se pregunta el celoso viudo. La búsqueda de esa otra persona lo lleva hasta Armando Lascar, una suerte de Don Nadie que le va revelando tanto a Don Rodrigo como al espectador, esa otra vida que la malograda Amparo supo vivir a espaldas de los suyos. Asistimos a la confrontación de dos mundos: el rígido escenario de las clases altas bogotanas y el mundo popular con sus rituales, también autosuficientes y excluyentes.
Osorio Gómez parece querernos decir que sólo en el amor hay salvación y dignidad, aunque nos enteremos de esto demasiado tarde, cuando el túnel de la muerte se ha llevado precisamente a quien hubiésemos podido amar. Hay cierta grandeza trágica en este principio. Sin Amparo, demasiado consciente de su importancia, se dedica a enfatizarlo, sobre todo gracias al dejo teatral de sus actores y a su puesta en escena.
Un drama, en fin, que asume uno de los temas más descuidados por la cinematografía nacional: la de una relación de pareja confrontada, más que a su contexto social o político, a su propia e intrínseca imposibilidad.
Hugo Chaparro Valderrama
Laboratorios Frankestein |